Editoriales

Todos los perros no van al cielo

Por GONZOTDF

Miro con atención las cenizas que tengo adelante mío: son grises pero muy claritas, casi blancas. Algunas son rosadas.  Hay de todas las formas. Me imagino así a las rocas de Marte. Son unas escamas pequeñas que recuerdan a las piedritas sanitarias que venden en el supermercado para las necesidades de los gatos. Están en una caja negra similar en tamaño y forma a las de un iPhone. Tiene una calco arriba con el nombre de la empresa que realizó la cremación. Al costado otra etiqueta tiene escrito con marcador tu nombre: BARRY.

Afuera están llegando las primeras heladas y este frío otoñal nos recuerda lo que es ser sureño. Mi perro también lo sabe y por eso está arañando la puerta para entrar a dormir calentito, mientras miro un capítulo de la serie Atlanta.

BARRY no es ni Border collie ni Dogo de Burdeos. Tiene las patas anchas, verdaderas garras que te dejan su firma cuando se pone a jugar y te toma distraído. Casi todos los collares le quedan chicos: su cuello es grueso como un tronco de lenga. Podríamos decir que un bóxer trucho. Lo fui a buscar a Río Grande porque vi que estaba en adopción y acá en Ushuaia no conseguía nada. Eso fue hace doce años.

La veterinaria de BARRY (que lo conoce desde cachorro) le descubrió una cardiopatía grave y me dijo que le quedan pocas semanas de vida. Y ahora, por eso, también me duele el corazón a mí.

Está cerca el día menos esperado: la muerte de mi perro. La muerte de mi amigo.

¿Qué hago con el cuerpo? ¿Está todavía el cementerio de los perros? ¿Se tira en una bolsa como basura común o lo tengo que llevar al relleno sanitario?

Voy hasta la entrada de la ciudad, a metros del puesto policial está el barrio AKAR. Ahí estaba el «Cementerio de los perros», funcionó desde los 90s hasta el año 2010, cuando comenzaron a construir  el mencionado barrio. No sé si nunca se le dijo «Cementerio de animales», pero eso daría miedo, porque es imposible no pensar en la historia pergeñada por el maestro Stephen King. No puedo dejar de suponer que existen casas que están efectivamente sobre este viejo cementerio, ubicado a  unos pocos quilómetros del centro de  Ushuaia. Doy una vuelta y no veo ningún rastro que me haga suponer que ahí alguna vez los antiguos pobladores iban a darle el último adiós a sus mascotas. 

Una segunda opción queda del otro lado del río Olivia, en el denominado «relleno sanitario». Antes se le decía lisa y llanamente: basural.

Llama la atención a la velocidad que circulan los vehículos que salen del relleno sanitario. Casi como si los choferes le tuvieran pánico a los miles de pájaros que sobrevuelan el lugar, tomando la distancia exacta para atacar como en la película de Hitchcock.

Un cuidador con aspecto de poco amigable abre ventana de la garita de control, una suerte de contenedor con dos o tres muebles tan rústicos como estándar.

-¿Si? 

-Quería consultarte si puedo venir a tirar a mi perro muerto acá- le dije poco convencido de conseguir una respuesta favorable.

-No, no se puede- contesta casi cerrando la ventanita.

-¿Pero cómo sabes que estoy tirando un perro, vos controlás las bolsas para ver que tienen adentro?

-Si, las controlo. No todas. Aparte la gente no viene mucho a tirar cosas acá. Solo vienen camiones- me dijo mientras resoplaba fastidiado y sostenía su celular en la mano como diciendo «estoy ocupado»

-¿Nunca vino nadie a tirar un animal muerto? – pregunté intentado no sonar como un denunciador de Greenpeace o de alguna protectora de animales

-En todos estos años únicamente una vez. Una Sra. vino a dejar a su gata, y estaba tan triste que lloraba con mocos, viste. Así que la dejé pasar porque era una persona, una persona de mi ciudad.

Me despedí no sin antes tener que explicar el motivo de mis preguntas. De hecho me consultó si era para el blog anónimo más famoso de la isla (no lo voy a nombrar obviamente)

Otra opción es enterrarlo en algún lugar donde cavar una tumba no llame la atención: en algún bosque, un sendero o una zona por la que BARRY haya paseado contento. Sería lo ideal. En mi cabeza surgen rápido, opciones: el camino al Cerro del Medio, en los alrededores del Monte Susana (ya es imposible porque la urbanización le ganó a la naturaleza), en el Parque Nacional, obviamente no. Parece que no es tan mala opción tener un cementerio de mascotas, ¿No?

«Patitas en el cielo o algo así se llama”, me dijo mi prima Flor cuando le conté que estaba investigando que hacer cuando mi fiel y eterno cachorro no esté en este mundo.

Ahí me enteré de que en la ciudad hay un crematorio de mascotas. Un servicio que sale 4500 pesos y podés arreglar todo por teléfono: retiro de cuerpo en la veterinaria o tu domicilio y entrega de una urna con las cenizas de tu mascota.

Me parecía la mejor y más civilizada opción. Y lo reconozco, ir a los cementerios no me gusta nada. Prefiero tenerte a mano como siempre BARRY. Como cuando salíamos a tirar las botellas de plástico a la campana amarilla y venías conmigo corriendo sin parar hasta que te agotabas, ladrándole a todos los autos del barrio y yo sacaba tu platito , le ponía agua y te decía: «¿Vamos a casa a ver una peli, barrigón?».

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