Provinciales

A 55 años del Operativo Cóndor

Un grupo comando de 17 hombres y una mujer hizo la mañana del 28 de septiembre de 1966 lo que nunca nadie antes en este país: secuestrar un avión. Concretaron una operación audaz para reclamar la soberanía del archipiélago.

Sir Cosmo Haskard, gobernador de la ocupación británica en las Islas Malvinas, no podía creer lo que escuchaba: “Señor, como argentinos, hemos venido a esta tierra para quedarnos, ya que la consideramos nuestra”, le dijo con voz firme el hombre joven que, acompañado por una silenciosa mujer rubia, había llegado hasta su casa acompañados por un policía local al que habían tomado de rehén.

“¡Fuera de aquí! Ustedes no están en su casa”, respondió, cortante, apenas salió de su estupefacción. Eran poco más de las 9 de la mañana del 28 de septiembre de 1966 y Haskard sabía muy pocas cosas: que un avión inesperado -un DC4 de Aerolíneas Argentinas- había aterrizado en la pista de Puerto Stanley a las 8.42, después de sobrevolarla tres veces; que una veintena de personas -algunas de ellas armadas- había bajado del avión y se había atrincherado debajo del fuselaje y que dos de ellos habían pedido al policía local destinado en el aeropuerto que los llevara hasta él.

Haskard no sabía todavía que el joven que le hablaba se llamaba Dardo Cabo y que su acompañante -una rubia muy atractiva- era Cristina Verrier. Ignoraba también -aunque quizás lo presintiera- que acababa de convertirse en involuntario partícipe de un hecho que pasaría a la historia como “El Operativo Cóndor”, una audaz operación ideada por un grupo de jóvenes peronistas para reclamar, desde el mismo suelo de las islas, la soberanía argentina sobre las Malvinas.

Para concretarla, un grupo comando de 17 hombres y una mujer había tomado el avión -que tenía como destino Río Gallegos- en pleno vuelo y había obligado al piloto a desviarse hacia las islas, en lo que fue el primer secuestro aéreo de la historia argentina.

Una llamada telefónica

Fuera de los integrantes del grupo comando, por lo menos uno de los pasajeros que abordó el Douglas DC4 LV-AGG “Teniente Benjamín Matienzo” de Aerolíneas Argentinas que había despegado a las 0.34 del Aeroparque Jorge Newbery con destino a la capital santacruceña sabía que algo iba a suceder. Se llamaba Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y de la revista Así.

A esa altura de su vida, García ya había marcado caminos en el periodismo argentino. Reportero gráfico de oficio original, en 1954, cuando tenía apenas 21 años, “inventó” Así es Boca, la revista deportiva que lo metió en la gráfica. Después la transformó en Así, un bisemanario que revolucionaría el periodismo con sus fotografías y sus notas policiales. Para 1966, el diario Crónica -fundado tres años antes- era el más vendido de la Argentina si se sumaban sus tres ediciones diarias.

La tarde anterior, alrededor de las seis, había recibido una llamada telefónica en su oficina de Riobamba al 200. “Soy Dardo Cabo, ¿podríamos vernos dentro de una hora en la confitería El Ciervo?”, lo invitó el autor de la llamada.

García no dudó. Sabía que Dardo Cabo era dirigente de Tacuara e hijo de Armando, un reconocido militante de la Resistencia Peronista. Ahí, seguramente, había una noticia. Valía la pena acudir a la cita.

“Usted o nadie”
Poco antes de la hora señalada, el director de Crónica caminó las dos cuadras que separaban la redacción del diario de la emblemática confitería de Callao y Corrientes y reconoció a Cabo sentado con otro hombre en una de las mesas. Cuando se saludaron, se presentó como Alejandro Giovenco.
-Le propongo una nota periodística muy importante – le dijo Cabo a García.
-¿Qué es? – preguntó el director de Crónica, hombre de preguntas directas.
-Si quiere saberlo tiene sacar un pasaje en el avión de Aerolíneas que sale a las 0.30 desde Aeroparque a Río Gallegos.
-¿Para qué? – insistió García.
-Es lo único que puedo decirle – fue la respuesta.
García pensó un momento y planteó una alternativa:
-Yo tengo otros compromisos, si no me dice para qué, no voy. Lo que puedo hacer es mandar a un periodista del diario.
-Es una lástima, es usted o nadie – lo cortó su interlocutor.
El director de Crónica permaneció unos segundos en silencio, jugando con el pocillo de café, y respondió.
-Está bien, entonces voy yo.


Poco antes de la medianoche llegó al Aeroparque Metropolitano, armado con una cámara y una libreta de apuntes, y sacó un pasaje con destino a Río Gallegos en el vuelo sin escalas AR-648. Vio a Giovenco y a Cabo entre los 42 pasajeros que esperaban abordar el avión, pero éstos se hicieron los desentendidos. Años más tarde, el director de Crónica contaría que en ese momento se puso nervioso, pero que su hambre de una noticia sensacional pudo más y se subió al vuelo.

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